Sabado noche; recibo la llamada de mi buen amigo, a la par que gran energumeno, Calamar. Y hablamos de todo un poco, y, repentinamente, recibí el impulso que necesitaba para escribir eso que llevaba rumiando tantísimo tiempo.
Esta es una más de mis mierdas, pero en formato distinto, ya que me puse a escribir dos veces este fin de semana, de las cuales, surgieron dos textos que, aparentemente, hablan de entes completamente distintos, pero que la complementación y la retroalimentación que llevan a cabo entre si es, cuanto menos, tremebunda, al menos para mi.
Estoy seguro que si cuento con los dedos de una mano las personas que entenderan esto al 90%, me sobrarían dos o tres dedos, ya que muy pocas forman parte de mi de esa manera; y, según ese razonamiento, no hará falta casi que ni lo lean, ya que con únicamente mirarme a los ojos, podrán intuir lo que me ocurre más allá de ellos.
Me gustaría aclarar que con esto no busco hacer llegar a nadie esos aspectos de mi vida, ya que no creo que le interesen a demasiada gente, simplemente es algo que hago para mi y para esas personas que en un momento dado busquen un porqué, o caigan por error en este blog y les apetezca sumergirse en mi mierda, aunque no les será facil si no les interesa verdaderamente; a tal efecto, estan escritos bajo el pecado de la ultracorrección (como ya, sabiamente, me dijo un dia un buen amigo mio) y un enrevesado lenguaje, que hacen de estos textos algo no demasiado facil de digerir, para que, ademas de ser esta mi manera de escribir, únicamente llegue a aquel que verdaderamente tenga cierto interés por ellos.
RECAPITULANDO (1º) : Recapitulando . . .
“Un derribo; un pequeño aro de humo que se deshilacha a su paso por una corriente de aire caliente; el desmontaje de la compleja trama de barras que conforman una estructura articulada; un chorro de pintura blanca sobre un lienzo a medio camino de ser acabado… y todo un nuevo lienzo sobre el que dibujar una nueva pintura, que poco tendrá que ver con la que se encuentra bajo ese estrato…”
En mi particular Historia, esta sería mi “Edad Contemporánea”, en la que, como tal, ya casi todas las bases están sentadas (al menos a corto plazo), y en la que los cambios, que se suceden a velocidades inverosímiles, son los que más influyen en mi particular Presente.
Con el término “Edad Contemporánea” estoy haciendo referencia a una etapa de mi vida y, sinceramente espero que esta sea una de las últimas veces que cuento mi vida por etapas, por muy difícil que sea no hacer esa distinción en un periodo de tiempo tan extenso como puede ser toda una vida.
El motivo de esta propuesta que me hice a mi mismo es la completa negación a regir mi vida por un concepto tan burdo como puede ser el Tiempo, ya que, a lo largo del mismo, se ha ido convirtiendo en el motor de nuestro ser, plagando toda nuestra memoria con referencias a tiempos mejores, con falsas esperanzas frustradas basadas en pensarlo como la solución para todo, como si nosotros mismos no fuésemos capaces de atajar esos problemas que nos atormentan. Simplemente me niego a dejar el resto de mi vida en manos de un concepto tan alienado y falso, ya que, en si, el Tiempo no es más que un compuesto de pequeñas partes tan efímeras como puede ser la duración de un segundo; un segundo que muere, y es sucedido por otro, y por otro más, y así hasta el infinito; con lo que ese Tiempo, ese concepto que rige nuestras vidas, es el primero que cambia a cada segundo, ya que ese segundo jamás será igual que el siguiente y, yo por mi parte, me niego en rotundo a ser una más de las putas del burdel de ese “Individuo de Infinitas Caras”.
Y es que contar tu vida por etapas lo único que hace es recordar “aquellos tiempos felices”, ya que, desgraciadamente, a todos nos ocurre que, en nuestra balanza interior, los tiempos tristes tienen más peso que los felices, o, al menos, el efecto que provocará un recuerdo triste, la mayoría de las veces, superará en intensidad, duración, y/o frecuencia, al de aquel otro recuerdo bonito y feliz.
Puede ser algo radical esta práctica, pero la verdad es que es la manera con la que más me apetece atajar mi estado.
Después de esta disertación sobre mi opinión acerca del Tiempo, intentaré compendiar el porqué del fluir de esa pintura blanca sobre mi lienzo; o más bien, plasmaré lo que se estaba despertando en mí mientras veía como mi anterior lienzo quedaba sepultado bajo esa nueva capa blanca a estrenar.
Hay muchos sentimientos que han arraigado en mí, mucho más de lo que ya lo estaban, en el transcurrir del último año. Un año en el que se han sucedido dos de los hechos que más veces han espantado mi sueño; aunque, por otra parte, no tienen ni punto de comparación con los problemas que se dan en muchas otras vidas, y ni entro en el ámbito del mundo entero, pero entiendo que en mí hayan cobrado tal importancia, ya que nunca antes había experimentado algo así.
Hoy solo haré referencia al más reciente de ellos, ya que sobre el anterior ya he escrito y pensado lo suficiente como para que no me queden fuerzas para hacerlo una vez más, al menos justo en este momento, aunque supongo que no podré evitar que influya, en mayor o menor medida, sobre este escrito.
Cuando se ve truncada la mayor ilusión de tu vida, lo que se te pasa por a cabeza, hay veces que siquiera puedes terminar de creer; pero es mucho peor cuando te encuentras ante la perspectiva de intentar afrontarlo, por mucho tiempo que haya permanecido latente en tu interior el simple esbozo de esa devastadora idea.
Cuando por fin aflora, en lo único que puedes pensar es en darle una solución, y, por muy raro que parezca, tu subconsciente te la brinda más rápidamente de lo que esperas, ya que él si ha tenido tiempo para prepararla. Aún así, no puedes imaginar la tormenta que se avecina dentro de tu cabeza.
El primero de los sentimientos que te asaltan es el de Incertidumbre, en tanto en cuanto te encuentras ante un mundo totalmente distinto, y, queramos admitirlo o no, una cierta rutina y ese “saber que va a ocurrir mañana” es lo que nos da la seguridad suficiente como para gobernar nuestra vida sobre un correcto rumbo. Y cuando sales del mundo en el que has posado una gran parte de tu vida, o al menos, la suficiente como para sentir tuyo ese mundo, y, sobre todo, después de haberlo visto derrumbarse capa a capa, te sientes desorientado, no sabes como afrontar esa situación tan desgarradora para ti; te sientes desprotegido al no tener un futuro medio asegurado en la recamara, y eso genera miedo, ese habitual miedo ante lo desconocido, pero esta vez extrapolado a un ámbito que te abruma por completo.
También sientes la Desolación y Desilusión propias de ver como un proyecto en el que has invertido tal parte de tu persona, se hunde sin que puedas hacer nada por evitarlo, o, aun peor, porque llevaba hundiéndose tanto tiempo que ya no quieres hacer nada por intentar salvarlo, ya que todas y cada una de las innumerables veces que lo as intentado, te has llevado una monumental ostia.
Cuando has digerido ese trago, entras en el ojo del huracán, dónde tu estado anímico se convierte en la gráfica de un ecualizador marcado por múltiples sentimientos que se suceden a un ritmo frenético.
Uno de los más relevantes es el de Fracaso, ya que, a tu mayor enemigo, ese que se esconde en lo más profundo de tu interior, y que es tu “alter-ego” más cruel, parece que disfruta con tu sufrimiento. Tu mismo eres el encargado de recordarte día a día tu incapacidad para alcanzar esa meta que llevabas tantísimo tiempo soñando con rebasar.
A él se le une el de Impotencia; impotencia por no poder hacer nada mientras observas como tu vida no deja de dar tumbos de lado a lado, mientras la del resto del mundo sigue hacia delante aparentemente en armonía y sin inmutarse. Inmediatamente se acentúa ese Miedo del que hablaba al principio, acompañado de su inseparable Inseguridad.
Al cabo de un tiempo sumido en esa pesadilla, te cansas de arrastrarte, y es entonces cuando tu subconsciente comienza a liberar dosis de cordura, pequeñas motas de iniciativa que te provoquen una pequeña Evasión, pero al poco tomas conciencia de que eso no es más que un impulso, un instinto que ha tomado la forma de una señal de tu fuerza de voluntad para intentar levantar cabeza; y esa evasión se comienza a transformar en un principio de Ilusión.
Esta es una de las reacciones que más me ha sorprendido, ya que estoy firmemente convencido que es algo que ha surgido a partir de ese principal sentimiento inicial: el Miedo. Y es que ese miedo hacia ese extraño mundo en el que nos encontrábamos, ni mucho menos ha desaparecido ni ha disminuido su intensidad, pero ha generado una especie de Atracción hacia todo lo desconocido que se nos avecina, y, aunque siempre nos encontraremos bajo la sombra de ese miedo, comenzamos a sentirnos extrañamente atraídos hacia el nuevo rumbo que podemos comenzar a darle a nuestra vida. Y cuando se consigue avanzar un poco más, y empiezas a descubrir pequeños rincones de ese nuevo mundo, comienzas a atisbar rastros de pequeñas Ilusiones, que van creciendo conforme las vas asumiendo y van despertando el recuerdo de tener algo hacía lo que mirar, algo que te muestre algunas señales de hacia dónde dirigir tu pasos.
Y es en ese camino en el que me encuentro, que no esta exento de enormes contratiempos, pero tiene mejores vistas, junto con bastantes más ilusiones, que el anterior tramo que recorrí. Y son esas Ilusiones las que empiezan a hacer competencia a la incertidumbre, o, más bien, te ayudan a restarle importancia, y empieza a agradarte el preocuparte únicamente por el paso en el que te encuentras junto con los inmediatamente posteriores y siguientes, y dando su justa importancia a los futuros, pero únicamente la que se merecen, ya que el paso presente es en el se invierte la mayor parte de ella, a la par que también se ve influido, en mayor o menor, medida por los pasos anteriores, ya pasados.
Aun así, siempre seguirás encontrando recuerdos de incertidumbre que ensombrecerán tus pasos momentáneamente, pero también encontrarás, algo más frecuentemente, preciosas tonalidades con las que empezar a dar color a tu nuevo lienzo y que son ilusión suficiente para seguir en su búsqueda, dure lo que dure, ya que ya no se encontrará fragmentada por etapas, ni marcada por ninguna frontera temporal.
RECAPITULANDO (2º): De la soledad . . .
Baldosas; si, baldosas y más baldosas, eso es lo único material que perciben mis sentidos en su más puro estado, en un estado inmaterial, en un estado de soledad; únicamente cuando me encuentro solo, conmigo mismo.
Y es que, desde un tiempo a esta parte, he comprendido la importancia que tiene la soledad para la vida de las personas. Es esto una curiosa paradoja difícilmente palpable, ya que, de entrada, a nadie le agrada la soledad, y es porque nos reporta un estado de incertidumbre y desconcierto, creado a partir del recuerdo de esa misma sensación en el pasado. Pero ese temor a la soledad no es más que el temor a enfrentarnos a nuestra propia persona, a nuestro peor enemigo: nosotros mismos.
Estoy hablando de una soledad oculta, es decir, esa soledad en la que se sumergen todas las personas que se detienen a mirar a su entorno, y ven que están rodeadas de bellísimas personas que siembran su vida de afecto y apoyo; pero que cuando van más allá, y miran dentro de si mismos, descubren cierto rincón de su ser que se encuentra vacío.
Ante este descubrimiento, hay dos respuestas; la primera, la más instintiva, la de autoprotección, es decir, detener esa inmersión en la propia persona, salir de ese rincón repleto de nada y volver a la apacible vida exterior dónde todo es aparentemente armónico; dónde hay muchas personas conocidas; dónde se echa en falta únicamente lo material, ya sean cosas o personas, pero siempre en ese ámbito palpable, y es ahí dónde actúa esa ceguera que hace que no seas capaz de ver lo más importante que falta en tu vida: Tu mismo. La segunda respuesta es que, aunque conozcas el dolor que te va a reportar, meterte de lleno en esa parte de tu interior que sientes que no existe, y colmarla de tu propio conocimiento, es decir, recorrer, a la par que te autodesvelas, todos aquellos aspectos que hacen de esa parte tu ser algo infeliz.
Esto es darle la vuelta a la tortilla, ya que lo que comenzó siendo un temor, ahora se ha convertido en una práctica que me atrevería a definir como “autodestructora”, para llegar a convertirse en necesaria, ya que cuando se domina, descubres que es la mejor manera de afrontar todos esos conflictos interiores que tienen, de una manera u otra, su réplica en el exterior que te rodea, y que te acompañarán, a modo de malos recuerdos, complejos, cabos sueltos, y esa rara sensación de no encontrar tu verdadero sitio, durante el amplio bagaje por tu vida.
Es por esto por lo que, aunque suene lunático, día a día salgo a pasear, o fuerzo ese camino en solitario, muchas veces hacia ningún lugar en concreto, para poder conversar conmigo mismo, y atar esos cabos que, demasiadas veces, desatan el flujo de lágrimas contenidas entre tanta nada, y, cada una de ellas, actúa como signo de puntuación en nuestra particular historia interior.
Un fuerte abrazo a todo aquel que halla llegado hasta este punto. Sed Felices.